CONSTANCIA SESIÓN PLENARIA DEL DÍA 06 DE MAYO DE 2008

Mediante el Proyecto de Ley 23 de 2007 Senado, propuesto para ser discutido hoy en la plenaria del Senado, se pretende institucionalizar la feria taurina de Cali como “patrimonio cultural” de nuestro país. En toda mi vida política, me he destacado por ser protectora de los animales y actuar en beneficio suyo; sin embargo, este es un tema que se sale del ámbito de la protección animal, dando campo a la consagración de la violencia contra un ser vivo como Patrimonio de nuestra cultura.

Al tratarse éste de un tema bastante controversial, he tratado de tomarlo desde diferentes puntos de vista y diversas opiniones, para tratar de ser lo más equilibrada posible al momento de sentar mi posición sobre la materia. Trataré de plasmar con argumentos validos y actuales el por qué no es esta una iniciativa legal que deba ser votada en forma favorable.

En primer lugar, la feria taurina no es algo nuestro, ni es propio de nuestra cultura; las corridas de toros nos llegaron como herencia desde España cuando fuimos colonizados y fueron ellos quienes las popularizaron, inculcando en nuestra ideología que es un “arte” digno de las más altas esferas sociales.

En este preciso momento, la Televisión Española –tomando en cuenta que España es cuna y gran abanderado en cuestiones de Tauromaquia- ha tomado la decisión de no transmitir más corridas de toros por su fuerte carga de violencia y el gran impacto que ella tiene sobre los espectadores menores de edad. Igual se está exigiendo al gobierno que haga en Francia. Vemos como entonces en el mundo está la tendencia de ir deslegitimando esta práctica y nosotros, en lugar de seguir el ejemplo de nuestra “Madre Patria”, estamos pensando en declararla Patrimonio Cultural.

De hecho, la UNESCO fue enfática en reiterar que la tortura a un ser vivo no puede ser consagrada como Patrimonio inmaterial de la Humanidad. Ahora, mucho menos podemos pretender que sea parte de la cultura humana que valga la pena proteger.

No podemos dar la espalda al mundo e ignorar el hecho de que la Tauromaquia es un “arte” cada vez más rechazada y censurada alrededor del planeta. Somos pocos los países que aun amparamos dicha práctica y, con satisfacción, cada vez son menos. India las acaba de prohibir, Costa Rica prohibió el acceso de menores de 18 años a las corridas, Uruguay prepara con éxito una Ley donde se prohíben las corridas de toro, etc. El movimiento mundial, fruto de la saturación de la violencia en nuestras sociedades, ha empezado y es indetenible.

Por otra parte, no me cabe en la cabeza pensar que se pretende elevar a nivel de patrimonio cultural de la Nación, una actividad donde el espectador se divierte a costa del sufrimiento de un animal; un ser vivo que siente igual que nosotros, y que su instinto lo lleva a proteger su vida y su territorio cuando se ve amenazado, y para él, el torero o matador eso es lo que representa. Pero no sólo eso, sino también es atroz, que dicha actividad sea un orgullo para una sociedad que ya perdió el valor y el respeto por el derecho a la vida, una sociedad que se volvió indiferente y desnaturalizada, y a la cual, las actividades de tortura y sufrimiento, se han vuelto ya “normales”. Muchos pensarán que un toro es un “simple animal”, pero lo que queremos proteger no es la imagen del toro, sino la percepción de un pueblo que ve la tortura a un ser vivo, que lucha por su vida hasta el ultimo momento, como una actividad lúdica ejemplarizando y representativa de los valores de una nación como la nuestra.

Estoy segura que los colombianos ya estamos cansados de la violencia, sea cual sea la forma en como esta se represente. No promulgo aquí el hecho de que haya que acabar las corridas de toros; soy amiga de su abolición. Sin embargo, soy consiente que es un fenómeno que tardara un poco en desaparecer, debido al prestigio con el que aun cuentan en nuestro país. Pero estoy segura que antes de 20 años, cuando como pueblo rechacemos en forma unánime estas muestras atroces e indignas de violencia, las corridas de toros desaparecerán y serán, como muchas otras cosas, una triste parte de nuestro pasado.

En mi opinión, en lugar de fomentar estas actividades, se deberían institucionalizar verdaderas actividades culturales, que sean nuestras, y que fomenten nuestros valores, ideosincracia, el respeto por la vida, la hermandad, el respeto por el prójimo y por la cultura misma. Que sean originalmente nuestras, no prácticas adaptadas y cuyo fin de entretenimiento no sea el sufrimiento y la tortura de un animal.

ELSA GLADYS CIFUENTES ARANZAZU

Senadora Partido Cambio Radical

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