EL GRAN SUEÑO DEL PATRIMONIO PÚBLICO

La moral y la ética son dos conceptos que etimológicamente se corresponden, el uno está íntimamente relacionado con el otro en cuanto a su reflexión social, la moral entonces siempre hará referencia a las conductas, a la acciones de individuos o grupos y la ética por su parte será la reflexión e interpretación que hagamos sobre las costumbres y acciones de los seres humanos. Lo público por otro lado implica una mirada desde lo social, en tanto que es un reflejo de las voluntades políticas, del tejido social y de las dinámicas culturales, económicas y físicas en contextos que se ubican en el tiempo y el espacio.

Debería ser entonces la ética publica el gran sueño de la colectividad, la observancia de las acciones ciudadanas construidas en jornadas sociales abiertas y permanentes, participativas y respetuosas, desde donde la justicia y la honestidad sirvan a la sociedad en su utilización pública. Legitimando  las diferentes concepciones existenciales tales como el amor universal, el amor al prójimo y la trasparencia, transformándolas en prácticas ciudadanas constantes y fundamentales en el desarrollo social.

La ética pública debiera ser entonces más que la frente de los humanistas y la liberación de conceptos fragmentados en el quehacer humano, debería ser más que una promesa o un discurso donde hablar a la humanidad sea solo “urbi et orbi”, es decir, hablar a todo el mundo y a nadie; la ética pública debiera ser una evaluación constante y permanente de las responsabilidades sociales y jurídicas del ser humano sobre sus compromisos y comportamientos respecto de la colectividad en la cual se está inmersos.

La corrupción en la historia de la humanidad desafortunadamente ha seguido ganado espacio en las  estructuras sociales y psicológicas, en la construcción de una esfera pública basada en la libertad y la honestidad, pero hemos comenzado a pensar en la urgente necesidad de recomponer el estado desde lo ciudadano, desde el ejercicio del poder sustentado en los seres humanos.

El actual gobierno nos ha hecho ver una nueva  forma de hacer política, que nos ha situado en una sociedad que busca permanentemente acabar con el flagelo de la corrupción, una política que busca permanentemente poner a los ciudadanos en conocimiento del funcionamiento gubernamental, que entrega y recibe permanentes rendiciones que vuelven trasparentes las prácticas públicas.

Es cierto que la corrupción es toda una paradoja, puesto que sabemos con claridad que ningún ser humano por muy culto que sea, está libre de ser “llamado” por las estructuras subterráneas que genera la corrupción. Ello debido a que todos tenemos en nuestra formación ética un llamado “punto de tensión”, donde la estructura de valores se ve de cierta forma “movida” o afectada por elementos que tocan nuestras más profundas motivaciones. Para unos será el afán de dominio. Para otros será la necesidad de conseguir dinero. Otros más querrán prestigio social, pero siempre estarán tocando la línea delgada que separa lo correcto de lo incorrecto.

Es curioso ver a los llamados “moralistas” elaborar bellos discursos sobre los valores y enjuiciar de manera dura y cortante a quienes han incurrido en conductas de corrupción. Se olvidan que ellos también tienen su “punto de tensión” y podrían alguna vez volver borrosa la frontera de lo bueno y lo malo, de lo que debe ser y lo que no debe ser. Es curioso que muchos de dichos “moralistas” sean quienes precisamente no den ejemplo de lo que dicen ni en sus pensamientos ni en sus acciones.

Las sociedades tienen los gobernantes y dirigentes que ellas mismas eligen. Las empresas prosperas o quebradas tiene a sus gerentes escogidos; es entonces desde la reflexión de la condición humana como debemos constituir unas mejores prácticas en el uso y ejercicio de la ciudadanía y del poder.

La ética pública más que estigmatizar y excluir en señalamientos vanos y dañinos para la sociedad, se debería convertir en el compromiso de dirigentes y políticos, de empresarios y empleados, de estudiantes y amas de casa desde donde se construyan mejores prácticas en el uso de una cultura ciudadana que fortalezca las estructuras sociales, una formación cívica y respetuosa de los valores y principios que hemos definido en nuestro Estado social de Derecho. La ética pública debe ser una práctica esencial que gobierne a los colombianos.

elsagladys.com

senadoraelsagladys@gmail.com

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